Recogemos aquí el interesante artículo de nuestro compañero Martín Prieto, publicado en el último número de la revista TELEGRAFISTAS.COM, sobre el viaje previsto a Aragón, la próxima primavera, con motivo de la celebración de la Asamblea General anual de la Asociación.

No se ha desvanecido aún el recuerdo de los estupendos días de Sanlúcar y los pueblecitos blancos de Cádiz, cuando los amigos del telégrafo ya están pensando donde tendrá lugar la XIV Asamblea General de la Asociación. Y no es que estén pensando precisamente en los avatares de las próximas elecciones a la Junta de Gobierno, que lo deberían pensar seriamente, sino que están en el afán de saber dónde pasaremos esos días de convivencia en torno al acto asambleario que tanto necesitamos y tanto nos une.

 

Algo sé del tema, pero no os lo voy a desvelar directamente, aunque, eso sí, os daré algunas pistas que os conducirán sin posibilidad de error al lugar a donde iremos el próximo año, en la segunda semana del mes de junio.

El sitio está situado entre dos cordilleras montañosas unidas por una tierra plana recorrida por un río caudaloso. ¿Habéis dado ya con el lugar? ¿Todavía no? Pues ahí van algunas pistas más. Es la tierra de un sordo pintor y una heroína artillera; la de un nobel de los nervios y un cineasta famoso. A que ahora sí, ¿verdad? Pues bien, a ese territorio de grandes contrastes que hace de la diversidad su signo de identidad es el lugar a donde iremos: a Aragón.

Si alguien dijo en una ocasión que el Nilo hace Egipto, yo digo en ésta, que el Ebro hace Aragón. Río serpenteante de discurrir lento y perezoso a diferencia del ímpetu de sus afluentes pirenaicos que discurren entre mallos y muelas alimentando extensos labrantíos.

Iremos, pues, al Alto y al Bajo Aragón y en el centro geográfico, punto de confluencia de las principales vías de comunicación de la Comunidad nos situaremos en su capital natural: Zaragoza.

El año 14 a. de Cristo en la Zalduba ibera se instaló un campamento romano con el nombre de Cesaragusta. Unos 54 años después, la Zaragoza romana se fue convirtiendo al cristianismo al contemplar el paso, ungido de milagros, del Apóstol Santiago.

Desde entonces, su constante lucha contra los más diversos invasores la haría merecedora del título de “la siempre heroica “. Por otra parte, gracias a su tejido social visigótico, mantuvo viva la cultura del Imperio hasta la llegada musulmana en el año 714.

Cuatrocientos años más tarde, Alfonso I rompió el yugo mahometano y desde esa fecha Zaragoza fue corte y residencia de los Reyes de Aragón.

Si tuviese que elegir un monumento de esta capital y, ¡mira que los hay!, me situaría en la Plaza de las Catedrales junto a la Basílica del Pilar. Formidable, única, universal, donde las 4 torres angulares encuadran multitud de cúpulas, grandes y pequeñas totalmente alicatadas. Vista desde la lejanía debidamente iluminada parece surgir de mundo de ensueño. Es como trasladarse a un mundo en el que no se sabe si la fantasía por obra de arte se ha hecho realidad o la realidad, por obra del espíritu, se ha transformado en fantasía. Decía el poeta:

“En el Pilar/ cuatro puertas vi

Las cuatro para entrar

¡ninguna para salir!”

 

 Por el Alto, montañas, parques y miradores espectaculares; ermitas en las peñas y pueblecitos en el Camino. Ordesa, dominio del quebrantahuesos y del urogallo, y por todas partes el agua, saltando de roca en roca, esquivando truchas, desmanes y tritones, para llegar a las viñas del Somontano.

Por el Bajo, Teruel. ¡Sí hombre!, Teruel existe. Capital prehistórica que se refleja en el Turia cuyas aguas registraron en su archivo acuoso el paso de las legiones romanas que arrasaron la vieja ciudad íbera para vengar lo de Aníbal en Sagunto.

De la fuerza del románico en el Norte pasamos al esplendor del mudéjar en el Sur, testimonio de la continuidad del arte hispanomusulmán en las tierras reconquistadas por los cristianos y que en esta zona adquiere unas características propias inconfundibles. Teruel, la de los amantes y la catedral de hermoso artesonado.

Del paisaje lunar de los Monegros al apacible remanso de la laguna salobre de Gallocanta, último refugio de las grullas. Y entre ambos, un alto en el mesón de “La Dolores” para degustar la malvasía del cariñena con un taquito de jamón curado al Moncayo.

 

Entre jotas y redobles de tambor,

el Tajo comienza a andar,

desde la sierra de Albarracín

hasta Oporto en el mar.

Sólo me quedan mil pueblos

que debo mencionar,

pero los pueblos de Aragón

pueblos, pueblos, son

y dan mucho que hablar

así que lo dejo

para otra ocasión.

Como ves, amigo del telégrafo, el reto es importante, pues hay que conjugar la merma de la pensión y la edad media del autocar, aunque hay algo que no se puede negociar y es el imparable deseo de volvernos a ver en Aragón.