Fotografía: Carlos Delgado

Ahora que se acercan las fiestas navideñas, publicamos un cuento de nuestra compañera Avelina Jorge, publicado en el último número de la revista de la Asociación, titulado: Turno de Navidad. Huelga de hambre.

Una vez, un muchacho forastero se encontraba en la capital, sin un céntimo y sin amigos a quienes recurrir. Sabía que en su interior llevaba un artista y ambicionaba la gloria. O cuando menos, que su obra fuera reconocida y apreciada por el gran público. Se acercaba la Navidad y había gastado sus últimos recursos en comprar fruta para pintar un bodegón. Colocó una manzana roja junto a una pera de vivo color amarillo, unas ciruelas negras y un hermoso racimo de uvas verdes. El lunes se comió la manzana, masticando despacio; el martes acabó con la pera. Las ciruelas le duraron dos días… pero al día siguiente se había atragantado con las uvas, sin poder contenerse, ¡todas de una vez! Luego las pintó de memoria. Se apartó para apreciar el efecto. Le parecía que aquel color verde tenía una calidad especial que parecía extenderse más allá de la fruta; se difuminaba hasta sobrepasar el lienzo e inundar el cuartucho donde pintaba. Se sentó en una silla y sujetó su cabeza entre los brazos cruzados para no marearse. ¿Cuántos días se podrá subsistir, tomando solo té amargo?

 

Y llegó la mañana del veinticuatro y encontró al joven pintor aterido ante el Palacio de Telecomunicaciones, sentado en el suelo tras el paño raído donde exponía su obra. El cuadro de las uvas era un indescifrable chafarrinón verde, pero lo colocó delante de todos. A su lado, dos oscuros africanos que vendían pañuelos de colores, gafas y carteras, flanqueaban su mercancía. La gente se detenía ante ellos, miraba, manoseaba el género y, frecuentemente, compraba. Los miró con envidia mal disimulada… no parecían hambrientos, por lo menos no tanto como él. Un niño muy pequeño echaba grandes migajas de pan, el pan perdido que decía su madre, a unas cuantas palomas gordísimas, lustrosas. Sintió el impulso de arrebatarle al niño el cucurucho de migas y salir corriendo, pero una señora con abrigo de piel lo miraba con un punto de desconfianza en la cara. Bajó los ojos y colocó sus pinturas, como hacía tantas veces, a lo largo de la mañana; las uvas cada vez más borrosas… Esas, en primer lugar. La señora echó una mirada displicente a sus cuadros, ¡igual le compraba alguno! Pero ella lo miró fijo, como si quisiera borrarlo del mapa; él aguantó mientras pudo y terminó haciéndole una mueca horrible. La señora apretó el paso, moviendo la cabeza con reprobación.

Los transeúntes entraban en el edificio, probablemente felicitarían las Pascuas, o bien mandarían dinero a sus hijos, en países lejanos. Otros llevaban paquetes más o menos grandes, envueltos en papeles brillantes. Su madre, el año pasado le había mandado un jersey azul añil, ¡cómo picaba! Él le mandó un telegrama: “gracias por el jersey”, pocas palabras, pero de todas formas le cobraron el mínimo. ¡Qué bien estaría poder mandar regalos a su familia este año! O mejor, tener un trabajo, algo que le permitiera comer. Pero en la agencia se lo habían dicho bien claro. No hay nada. Así están las cosas este año y no vale de nada lamentarse.

La Campaña de Navidad se había cubierto en dos días. A pesar de todo rellenó miles de solicitudes, con dificultades, pues él tenía pocos estudios y ninguna habilidad excepto la pintura: bodegones, paisajes, marinas, incluso retratos. Y le daba igual clásica que surrealista, lo que fuera que estuviera de moda. Pero nada de ello interesaba ya a la gente.

Por un momento pensó en hacer volatines, el pino, lo que fuera, cualquier extravagancia que atrajera la atención de las personas que pasaban. Él era un artista, un artista joven lleno de vida y no quería perderla sin haber salido del anonimato. Respiró hondo y cuadró los hombros; de inmediato le dio el vahído y empezó a ver verdoso todo lo que le rodeaba.

Alarmado dejó su tenderete al cuidado de los africanos y se dirigió dando tumbos a una fuentecilla cercana, cuya agua decían que tenía mucho hierro. Bebió a grandes sorbos, despacio. Luego se mojó la cara y las muñecas. Sintió que sus fuerzas se renovaban, ¡cómo le gustaría comer algo! Miró hacia el Paseo del Prado, el hielo de los árboles se iba derritiendo bajo el sol de invierno. Algunas hierbas podían ser comestibles, ¿lo serían?

Deambuló sin rumbo, de reojo miraba los escaparates, brillantes de color y guirnaldas, ¡qué hermosos eran los manjares y con qué esmero estaban presentados! Sintió unos arañazos en el estómago… y de pronto se enfureció contra toda la humanidad, ¿con qué derecho le escatimaban siquiera una pizca de atención para su obra, en la que tanta ilusión había derrochado? Y esas mismas personas que le ignoraban, estarían dispuestas a pagar cifras millonarias sin dudarlo por los garabatos de cualquier arribista debidamente relacionado.

Lentamente se fue calmando; todo empezaba a darle igual, se sentía cada vez más lejano, hasta le parecía flotar en el espacio. De pronto, pensó que ya ni siquiera sentía hambre. Y he aquí, que sin darse cuenta, se dirigió hacia un grupo de gente que le fue abriendo paso, asombrados por la determinación de su mirada enfebrecida. En el centro cinco individuos de rostro famélico se arrebujaban en unas mantas… Serán artistas, pensó el joven pintor. Y se sintió solidario.

Había una sábana blanca y un letrero: Huelga de hambre. Eso ponía, pero las letras pequeñas se le resistían, montándose unas sobre otras, cada vez más borrosas. Se acercó y enseguida le hicieron un cálido hueco debajo de la manta, tan débil y cansado como estaba aceptó las miradas conmiserativas y las palmadas en la espalda… De comida, nada, ¡por lo menos no moriría solo! Entonces todo empezó a oscilar alrededor suyo y supo que iba a desmayarse.

Cuando despertó estaba en la limpia cama de una habitación caliente y blanca, y tenía una aguja clavada en el brazo. Desconocía cómo había llegado hasta allí, y por qué razón todos le atendían, incluso se esforzaban en alimentarle. Se oían unas vocecitas infantiles entonando canciones navideñas.

Su vecino africano se inclinaba sonriente sobre la cama y le decía algo con voz entrecortada - Amigo… señora con abrigo de pelo dice “verde bunito”. Y le ponía en la mano un puñado de billetes.

Nunca comprenderé a la gente -se dijo-, había estado a punto de morir de hambre sin que nadie le hiciera el menor caso. Cerró los ojos y rompió a reír con fuerza: Era Navidad, él era un gran artista que había vendido un cuadro.

¡Y se sentía magnífico!