Buenas tardes a todos: Sr. Presidente, en el recuerdo, Sr. Secretario, compañeros de la Junta Directiva, Sras. y Srs., queridos amigos.
Un año más, en este día dedicado a la mujer telegrafista y desde esta Escuela de la que el 13 de junio se cumplirá el centenario, de nuevo queremos enviar nuestro recuerdo a Clara Campoamor, la persona que luchó para colocar a las mujeres en situación de igualdad del voto junto a los hombres. Con su ejemplo de mujer luchadora, nos abrió las puertas a la vida activa, puesto que en 1909, aprobó las primeras oposiciones mixtas de Auxiliares de Telégrafos y ahí trabajó hasta 1914, año en que pidió la excedencia. Luego, una legión de mujeres la seguimos en ese trabajo, la mayoría por tradición familiar y otras por conocimiento más o menos indirecto de un Cuerpo que fue pionero en admitir en sus filas el trabajo femenino.
Y hoy, aunque con algo de retraso, vamos a homenajear a don Antonio Machado, el poeta que solamente fue once años mayor que nuestra querida Clara.
Hacemos este homenaje para conmemorar el centenario de la publicación de “Campos de Castilla”, libro emblemático, que vio la luz en julio de 1912, pocos días antes de la muerte de su mujer.
Y lo hacemos conscientes de la gran similitud que tenían él y Clara Campoamor, en sus afanes, en sus respectivos esfuerzos, pues nuestra amiga defendía la educación de la mujer, en tanto que Machado se quejaba a Unamuno de la falta de instrucción general que había en España. Los dos defendieron la libertad, ninguno de los dos fue violento, ninguno extremista, pues como el mismo poeta nos aclara, su verso brota de manantial sereno. Después, los dos sufren el exilio, ella hacia Buenos Aires en 1936, y él, hacia Francia en 1939, y allí murieron.
Y ya explicado el homenaje de este día, quiero señalar que cuando el poeta llegó a Soria, ésta tenía solamente siete mil habitantes, pero esa pequeña ciudad fue para Machado su patria ideal, una atalaya desde la que observa la decadencia de España, diciéndonos también que “en Soria había aprendido a sentir Castilla, que es la manera más directa y mejor de sentir España”.
Pero en uno de los poemas del citado libro, Machado decía que aquellas tierras del Duero eran “un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín”, y esto había herido profundamente la sensibilidad de los sorianos. Hubo entonces mucho revuelo, muchas protestas en los periódicos, tal vez porque todos sabían de la terrible historia cainita que había tenido lugar en sus tierras. Mas tarde conoció aquella historia, de la que ya tenía referencia, y a partir de ella elaboró el poema-romance titulado La tierra de Alvargonzález, poema del que hoy, Pilar Aranda, Esther Arranz y yo, haremos una lectura. Pero este año, en la celebración del Día de los Telegrafistas Artistas, contamos con alguien muy especial, con Luis Grandio, un compañero artista y profesional de la voz, al que agradecemos enormemente su colaboración. Él va a ser el contrapunto ideal a las voces femeninas, para visualizar mejor el poema.
He de aclararles que algunas partes del romance han sido abreviadas, adelantado de lugar alguna estrofa y sustituidas otras por su exposición en prosa siguiendo el texto original.
Y con la introducción que nos hizo el propio Machado, empezamos a contar esta historia en la voz de Luis Grandío. Para todos ustedes
La tierra de Alvargonzález
Una mañana de principios de octubre decidí visitar las fuentes del Duero y tomé en Soria el coche que había de llevarme hasta Cidones donde nos apeamos un campesino y yo. Siempre que trato con hombres del campo pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos y, también, en lo poco que a ellos les importa conocer cuanto nosotros sabemos. El campesino cabalgaba delante de mi y después de dos horas de camino me dijo:
–Por aquel sendero se va a las tierras de Alvargonzález. Campos malditos hoy, de los mejores de antaño en esta comarca. Alvargonzález fue un rico labrador, pero nadie lleva por aquí su apellido. Su historia está en los papeles y la cantan los ciegos por tierras de Berlanga.
Le pedí al campesino que me contara aquella historia, y este comenzó así:
Siendo mozo Alvargonzález...
...dueño de mediana hacienda,
que en otras tierras se dice
bienestar y aquí, opulencia,
en la feria de Berlanga
prendose de una doncella
y la tomó por mujer
al año de conocerla.
Muy ricas las bodas fueron
y quien las vio las recuerda.
Feliz vivió Alvargonzález
en el amor de su tierra.
Naciéronle tres varones,
que en el campo son riqueza,
y, ya crecidos, los puso,
uno a cultivar la huerta,
otro a cuidar los merinos,
y dio el menor a la Iglesia.
Mucha sangre de Caín
tiene la gente labriega,
y en el hogar campesino
armó la envidia pelea.
Casáronse los mayores;
tuvo Alvargonzalez nueras,
que le trajeron cizaña,
antes que nietos le dieran.
Aquellas nueras eran tan codiciosas, que sólo pensaban en la herencia que les cabría a la
muerte del suegro, de forma que, por ansia de lo que esperaban, no gozaban de lo que tenían. Al
hijo menor, dedicado a la Iglesia, lo mandó a estudiar a Osma, pero...
El menor, que a los latines
prefería las doncellas
hermosas y no gustaba
de vestir por la cabeza,
colgó la sotana un día
y partió a lejanas tierras.
La madre lloró y el padre
diole bendición y herencia.
Alvargonzalez ya tiene
la adusta frente arrugada.
Una mañana de otoño
salió solo de su casa.
Anduvo largo camino
y llegó a una fuente clara.
Echose en la tierra y puso
sobre una piedra la manta,
y a la vera de la fuente
durmió al arrullo del agua.
El sueño
Soñó Alvargonzález en su niñez y recordó un prado verde tras los muros de una huerta. Luego el sueño se ensombreció y aquel hogar se le apareció ya con sus hijos, desierto y sin leña.
Tres niños están jugando
a la puerta de su casa;
entre los mayores brinca
un cuervo de negras alas.
La mujer, vigila, cose
y, a ratos, sonríe y canta.
–Hijos, ¿qué hacéis?, les pregunta.
Ellos se miran y callan.
–Subid al monte, hijos míos,
y antes que la noche caiga,
con un brazado de estepas
hacedme una buena llama.
Sobre el lar de Alvargonzález
está la leña apilada;
el mayor quiere encenderla
pero no brota la llama.
¡Padre, la hoguera no prende,
está la estepa mojada!
Su hermano viene a ayudarle
y arroja astillas y ramas
sobre los troncos de roble;
pero el rescoldo se apaga.
Acude el menor y enciende,
bajo la negra campana
de la cocina, una hoguera
que alumbra toda la casa.
Alvargonzález levanta
en brazos al más pequeño
y en sus rodillas lo sienta diciendo:
–Tus manos hacen el fuego,
aunque el último naciste,
tú eres en mi amor primero.
Los dos mayores se alejan
por los rincones del sueño,
y entre los dos fugitivos
reluce un hacha de hierro.
Aquella tarde...
Los hijos de Alvargonzález
silenciosos caminaban,
y han visto al padre dormido
junto de la fuente clara.
Soñando está con sus hijos,
que sus hijos lo apuñalan;
y cuando despierta mira
que es cierto lo que soñaba.
A la vera de la fuente quedó Alvargonzález muerto.
Hasta la Laguna Negra,
bajo las fuentes del Duero,
llevan el muerto, dejando
detrás un rastro sangriento;
y en la laguna sin fondo,
que guarda bien los secretos,
con una piedra amarrada
a los pies, tumba le dieron.
Junto a la fuente se encontró la manta de Alvargonzáles. Nadie osó sondear la laguna aquella que se tenía por insondable, y un buhonero errante que cruzaba por aquellas tierras, fue acusado, preso y muerto en garrote vil. Pasados algunos meses, la madre murió de pena.
Los hijos de Alvargonzález
ya tienen majada y huerta,
campos de trigo y centeno
y prados de fina hierba.
Otros días
Ya están las zarzas floridas
y los ciruelos blanquean.
Ya los olmos del camino
y chopos de las riberas
de los arroyos que buscan
al padre Duero, verdean.
El cielo está azul, los montes
sin nieve son de violeta.
“La tierra de Alvargonzález
se colmará de riqueza;
muerto está quién la ha labrado,
mas no le cubre la tierra”.
Aquel fue un año de abundancia. Los hijos de Alvargonzáles empezaron a descargarse del peso de su crimen, porque a los malvados les muerde la culpa cuando temen el castigo, pero si la fortuna ayuda y huye el temor, comen su pan alegremente como si estuviera bendito. A la otra orilla del Duero canta una voz lastimera:
“La tierra de Alvargonzález
se colmará de riqueza,
y el que la tierra ha labrado,
no duerme bajo la tierra”.
Llegados son a un paraje
en donde el pinar se espesa
y el mayor, que abre la marcha,
su parda mula espolea
diciendo: démonos prisa
porque son más de dos leguas
de pinar y hay que apurarlas
antes que la noche venga.
Allá en lo espeso del bosque
otra vez la copla suena:
“La tierra de Alvargonzález
se colmará de riqueza,
y el que la tierra ha labrado
no duerme bajo la tierra”.
Cerca del río cabalgan
los hermanos, y contemplan
como el bosque centenario,
al par que avanzan, aumenta,
y la roqueda del monte
el horizonte les cierra.
El agua que va saltando,
parece que canta o cuenta:
“La tierra de Alvargonzález
se colmará de riqueza,
y el que la tierra ha labrado
no duerme bajo la tierra”.
El castigo
Mas la codicia tiene garras para coger, pero no tiene manos para labrar. Cuando llegó el verano, la tierra estaba empobrecida. Los Alvargonzález venían tan a menos, como a más iban querellas y enconos entre sus mujeres. Así, a un año de abundancia, siguió un año de pobreza.
Es una noche de invierno.
Cae la nieve en remolinos.
Los Alvargonzález velan
un fuego casi extinguido.
El pensamiento amarrado
tienen a un recuerdo mismo.
El mayor de Alvargonzález
lanzando un ronco suspiro,
rompe el silencio exclamando:
–Hermano, ¡qué mal hicimos!
Y el segundón dijo: –¡Hermano,
demos lo viejo al olvido!
El viajero
Bajo la nevada, un hombre
por el camino cabalga;
va cubierto hasta los ojos
embozado en negra capa.
Entrado en la aldea, busca
de Alvargonzález la casa,
y ante su puerta llegado;
sin echar pie a tierra, llama.
–¿Quién es? responda, gritaron.
–Miguel, respondieron fuera.
Era la voz del viajero
que partió a lejanas tierras.
Y cuando los hermanos abrieron la puerta, entró Miguel, el menor, que volvía al pueblo como indiano opulento. Los abrazó y se sentó a su lado.
Los tres hermanos contemplan
el triste hogar en silencio.
–Hermanos, ¿no tenéis leña?
dice Miguel.
–No tenemos.
El indiano
Fortuna trajo Miguel de las américas, aunque no tanta como soñara la codicia de sus hermanos.
Decidió afincar en aquella aldea donde había nacido, y a ellos les compró parte de las tierras dándoles por ellas más dinero del que nunca habían valido. Y Miguel comenzó a labrar.
Diose a trabajar la tierra
con fe y tesón el indiano.
Ya con macizas espigas,
preñadas de rubios granos,
a los campos de Miguel
tornó el fecundo verano;
y ya, de aldea en aldea
se cuenta como un milagro,
que los asesinos tienen
la maldición en sus campos.
El pueblo canta una copla
que narra el crimen pasado:
“A la orilla de la fuente
lo asesinaron.
¡Qué mala muerte le dieron
los hijos malos!
En la laguna sin fondo
al padre muerto arrojaron.
No duerme bajo la tierra
el que la tierra ha labrado”.
Miguel siguió labrando las tierras, y a ellas retornaba la abundancia de los viejos tiempos. Los mayores gastaron su dinero en juego y vino que los llevaron a la ruina, y una noche en la que volvían borrachos, el mayor llevaba un pensamiento feroz bajo la frente.
La casa
La casa de Alvargonzález
es una casona vieja,
donde un hogar humeante
con sus escaños de piedra
se ve sin entrar, si tiene
abierta al campo la puerta.
Fue allí donde Alvargonzález,
del orgullo de su huerta
y del amor de los suyos,
sacó sueños de grandeza.
Hoy canta el pueblo una copla
que va de aldea en aldea:
–¡Oh casa de Alvargonzález,
qué malos días te esperan,
casa de los asesinos,
que nadie llame a tu puerta!
Los mayores volvieron a sentir en sus venas la sangre de Caín, y el recuerdo del viejo crimen les azuzaba a otro crimen. Decidieron matar al hermano menor y así lo hicieron. La azada que labraba sus tierras quedó teñida de sangre.
Los asesinos
Era un paraje de bosque
y peñas aborrascadas;
aquí bocas que bostezan
o monstruos de fieras garras;
allí una informe joroba,
allí una grotesca panza,
rocas y rocas, y troncos
y troncos, ramas y ramas.
En el hondón del barranco,
la noche, el miedo y el agua.
Un lobo surgió, sus ojos
lucían como dos ascuas.
Era la noche, una noche
húmeda, oscura y cerrada.
Los dos hermanos quisieron
volver. La selva ululaba.
Cien ojos fieros ardían
en la selva, a sus espaldas.
Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda,
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas
¡Padre!, gritaron los hijos.
Y al fondo de la laguna cayeron.
Y cuando en los huecos de las rocas el eco repetía: ¡Padre! ¡Padre! ¡Padre!, ya se los había tragado el agua.
Así acaba la historia de estos hermanos.
Machado comentaba, que con lo que escribía tenía la sensación de ser útil a los demás, y eso le ayudó. Su mujer, murió el día 1º de agosto, y la publicación de Campos de Castilla, significó para él un cierto consuelo.
Aprovecho esta ocasión para deciros, que el libro de Machado donde se cuenta su vida a través de sus poemas, es este mismo, el que hemos visto en la pantalla, que escribí a partir de los viajes que la asociación hizo a las tres ciudades machadianas por excelencia, Soria, Baeza y Segovia, las ciudades que marcaron profundamente su vida.
Y para finalizar este acto, oigamos en esta preciosa tarde la despedida del poeta.
( Poner la foto de Machado)
Adios, campos de Soria,
donde las rocas sueñan,
cerros del alto llano,
y montes de ceniza y violeta.
Adios, ya con vosotros
quedó la flor más dulce de la tierra.
Ya no puedo cantaros,
no os canta ya, mi corazón os reza.
¡Oh!, sí, conmigo vais, campos de Soria,
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita,
me habéis llegado al alma,
¿o acaso estabais en el fondo de ella?
¡Gentes del alto llano numantino
que a Dios guardáis como cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!
(Subiendo la luz, poniéndonos de pie y mirando la foto, aplausos)
Segunda Parte
Queridos amigos: Al igual que otros años y dentro del Memorial “Clara Campoamor” dedicado a la mujer telegrafista, no podemos dejar de hablar de la mujer dentro del entramado social del trabajo.
Para ello y pensando en nuestra Central de Cibeles, vamos a recordar, por un momento, a las mujeres que se esforzaron por contribuir al mantenimiento del hogar aportando su sueldo a la economía familiar: Eso ocurrió en los años sesenta, cuándo el consumo y la necesidad de emancipación del domicilio paterno lo hicieron necesario. Y lo hizo luchando con miles de dificultades para la organización del hogar, pues la mujer siempre fue el eje de la familia. Y aquellos años ilusionados de colaboración familiar, fueron también de mucho trabajo para ella, pues al tener hijos pequeños había de armonizar el trabajo con el cuidado de la casa y de los niños, tres cosas a veces muy difíciles de conciliar. Luego la Central de Cibeles, nuestra antigua casa, incorporó la guardería que tanto bien hizo a todas las madres con hijos pequeños, dadas las dificultades que había de horario y de turnos. Y venciendo el sueño y el cansancio, llevando a su espalda muchas noches en blanco por causa de algún pequeño enfermo, la mujer sacó adelante su trabajo y con él añadió dinero a la economía familiar y más aún, si cabe, dignidad a su vida, como persona capaz de ser algo más que ama de casa, involucrándose totalmente en la sociedad.
Y eso lo hizo con orgullo de funcionaria, eso que hoy se está poniendo tan en entredicho sin justicia ni conocimiento de lo que se dice. Y fue funcionario igual que sus compañeros que, por suerte, la comprendían perfectamente, pues el compañerismo siempre fue distintivo del Cuerpo de Telégrafos.
Por todo ello es que a algunas de esas mujeres, funcionarias y amas de casa, dedicamos hoy la atención y el reconocimiento que les corresponde.
