Ana María García Esteban, telegrafista, esposa y madre.
Por: Luis Alfonso Arcarazo García, Hijo y nieto de telegrafistas.
Zaragoza, 28 de Marzo de 2008.
El trabajo que han desarrollado las mujeres en el Cuerpo de Telégrafos, casi desde su fundación, ha sido ímprobo, es más, no se entendería éste sin las telegrafistas atendiendo al público o transmitiendo en las salas de aparatos. Pero su jornada laboral no se limitaba a las horas de trabajo como sus compañeros, sino que muchas de ellas se casaron, tuvieron hijos y fueron capaces de llevar sus casas y dinamizar sus familias. Seguramente este esfuerzo titánico nunca se ha valorado convenientemente y ahora que Telégrafos ha desaparecido como tal al unificarse con el Cuerpo de Correos, puede que sea el momento de mirar hacia atrás y reconocer el tesón y la capacidad de trabajo de aquellas mujeres que, en muchos casos, llevaron el peso tanto de las estaciones telegráficas, como el de sus familias y casas. Como el que escribe estas líneas es hijo de telegrafista, puede que esté en las mejores condiciones para valorar y reconocer el trabajo que desarrolló durante toda una vida mi madre, Ana María García Esteban, como auxiliar telegrafista, posteriormente encargada de la estación de Telégrafos de Barbastro (Huesca), como esposa y como madre de cuatro hijos.
Como la mayor parte de su vida laboral la pasó en Barbastro, parece oportuno dar unas ligeras pinceladas de cómo fue la llegada del Telégrafo eléctrico a la ciudad del Vero.
En aplicación de la Ley de 22-IV-1855, se tendió la línea telegráfica entre Zaragoza y Barcelona, con una serie de estaciones intermedias entre las que estaba Barbastro, a donde llegó en el año 1856, ubicando la estación en el convento desamortizado de los PP. Paules que se utilizaba para cuartel de tropa, de Guardia Civil y Sala de Audiencia del Juzgado de 1ª instancia, allí permanecieron hasta 1887.
Ana María García Esteban (Burgos 1924-Barbastro 2006) y la estación de Telégrafos de Barbastro.
En 1939 la familia de Ana María se trasladó a Zaragoza y en las primeras oposiciones que hubo para Telégrafos participaron ella y su hermano Fernando. La preparación corrió a cargo de su padre, Alfonso García Bañares, Jefe de Líneas de Telégrafos, que les enseñó el código Morse y a transmitir con manipulador. Una vez aprobado el examen en Madrid, hicieron prácticas en la oficina Central de Zaragoza, donde prestaron el juramento de “guardar secreto acerca de las comunicaciones, telegramas y documentos que se le confíen”. Posteriormente, el 21-IV-1943 obtuvieron el título de auxiliar de Telégrafos y el 28 de mayo fueron destinados a Soria como auxiliares telegrafistas, con un sueldo anual de 4.000 pesetas. Ana María, con solo 19 años, era posiblemente la mujer más joven del escalafón.
Ana María ascendió a auxiliar de 3ª clase de la Escala Auxiliar Mixta de Telecomunicación el 1-X-1945, posteriormente, el 12-XI-1946, lo hizo a auxiliar de 2ª clase, y el año 1948 fue destinada a Barbastro, donde al año siguiente ascendió a auxiliar de 1ª clase. Su objetivo era alcanzar una plaza en Zaragoza, pero su matrimonio en 1953 con Luis Arcarazo Albiñana alargó un destino de unos pocos meses en 58 años.
En 1958 le correspondió ascender a auxiliar mayor de 3ª clase, en 1964 a auxiliar mayor de 2ª de la Escala Auxiliar Mixta de Telecomunicación y en 1966, con 25 años de servicio, obtuvo la plaza de Encargada de la Estación Completa de Telégrafos de Barbastro que ya venía desempeñando accidentalmente desde 1960. Este fue un momento muy importante en su vida profesional y así lo entendimos toda su familia.
Posteriormente, en 1975 pasó al Cuerpo Especial Ejecutivo, en 1981 fue nombrada Jefa Adjunta de la Oficina Técnica de Barbastro, como consecuencia de la fusión con Correos y en 1986, al llevar 40 años de servicio, solicitó una jubilación anticipada, por motivos familiares, bastante dolorosa para ella, pues le hubiera gustado seguir hasta la edad de retiro.
Las Oficinas de Correos y Telégrafos de Barbastro a comienzos de los años sesenta se trasladaron desde un viejo caserón de la calle Monzón a un nuevo edificio construido por el Ayuntamiento que iba a servir como estación de autobuses y otros servicios, teniendo su entrada por la Avenida del Ejército Español núm. 2.
Las nuevas instalaciones disponían de un teletipo Siemens, un aparato de Morse que ya solo se usaba con la estación de Estadilla y unos teléfonos de baquelita negra estupendos.
Posteriormente, en los años ochenta, cuando instalaron el Gentex, el Morse quedó relegado únicamente para pruebas. Con diferencia, lo más sorprendente para cualquier profano era ver transmitir en Morse con el manipulador y recibir la contestación a oído en el acústico o impreso en puntos y rayas que los telegrafistas leían de corrido. Inclusomi padre aprendió varias palabras y estaba deseando que mi madre le dejara transmitir el cierre o alguna cosa sencilla. La profesión de los telegrafistas terminaba involucrando a toda la familia.
La plantilla habitual en Barbastro se componía de dos telegrafistas, tres o cuatro celadores con un capataz y un par de repartidores. Cuando mi madre fue nombrada encargada estuvo al mando de una plantilla de hombres, que no era nada normal en los años sesenta, pero siempre tuvo el suficiente carácter para hacerse valer. Los horarios eran draconianos, de lunes a sábado de 8 a 22 h., mientras que el domingo cerraban a las 14 h..
Otra faceta de los telegrafistas era su relación con el público. La ventanilla era una especie de confesionario por el que pasaban muchos vecinos, soldados y estudiantes que mandaban sus telegramas o esperaban ansiosos el giro de casa. El público le daba a Ana María explicaciones de sus asuntos personales sin saber que los telegrafistas estaban sometidos al secreto profesional. En aquella relación surgían preguntas o consultas diversas, por lo que mi madre fue consejera, cómplice o persona próxima a la que confiaron muchos problemas personales.
La oficina de Telégrafos y la familia.
Para mis tres hermanos y para mi, la oficina de Telégrafos fue en nuestra niñez y adolescencia, como nuestra segunda casa. De pequeños, una verdadera guardería en la que pasamos muchas horas repasando lecciones, haciendo traducciones de francés o de latín, infinitas láminas de dibujo artístico o líneal, pues mi madre sabía manejar el compás y el tiralíneas y también jugamos lo indecible a la espera del ansiado cese de la oficina. Cuando nos daban las notas en el colegio era obligatorio llevarlas a Telégrafos, donde sufrían el primer filtro y la correspondiente reprimenda cuando había algún suspenso, cosa bastante frecuente. Pero también uno obtenía alguna propina, ya que en alguna ocasión mi madre me encargó trabajos que luego me pagaba, como repasar a tinta los planos de las líneas de la estación o la reparación de las grapadoras atascadas.
Por su parte, desde la ventana de la oficina que quedaba frente a nuestra casa, mi madre controlaba nuestras vidas: el regreso del colegio, el paso a los campos de deporte de los PP. Escolapios, incluso el movimiento en casa, pues en cuanto veía algo sospechoso pasaba volando y casi siempre nos cogía “in fraganti” en alguna actividad no permitida.
Los domingos era habitual visitar a mi madre en la oficina y esperar al cierre en el bar de la Sociedad Mercantil y Artesana, jugando a las “maquinetas” y tomando un vermú que mi padre se encargaba de compartir, subiendo una ración a la oficina. En Nochebuena o Nochevieja también acompañábamos a mi madre hasta que a las 22 le daban el cese desde Huesca, para volver a casa y organizar la cena.
Entre todas las anécdotas la más divertida que recuerdo fue cuando en 1973 mi madre recibió una tarjeta del Servicio de Movilización Nacional en la que ponía: “En caso de movilización del Servicio queda equiparada a la categoría de Brigada de Telecomunicaciones” y “la equiparación militar que figura en esta tarjeta tendrá exclusivamente efectos jurisdiccionales relacionados con el Código de Justicia Militar”.
Esta militarización dio lugar a muchos chascarrillos familiares, pues mi padre, que había estado tres años en el Servicio Militar, decía: “Solo me faltaba tener en casa a un Brigada”. Esta supuesta movilización se debía a un movimiento reivindicativo que se estaba gestando en el Cuerpo y que el Gobierno intentó controlar mediante la amenaza de militarizar a sus funcionarios, pues Telégrafos siempre había sido muy reivindicativo.
Decadencia de Telégrafos.
La tecnología no perdona y a Telégrafos le salieron competidores muy duros. El giro telegráfico murió cuando los bancos crearon las libretas de ahorro que permitían sacar dinero en cualquier sucursal. Por otra parte, el teléfono se generalizó y su inmediatez dejó en desuso los telegramas, aunque el golpe de gracia se lo dio la informática, dejando obsoletos los sistemas telegráficos tradicionales. El final del Cuerpo de Telégrafos vino de la mano de la Ley de Cuerpos de 1979 que determinó su unión con el de Correos y, aunque estas fusiones siempre fueron mal acogidas por los trabajadores, los criterios económicos mandan y había que economizar gastos.
Ana María tenía muchas reticencias ante esta fusión, pues después de llevar veinte años de encargada, se veía supeditada al Jefe de Correos, y pensaba que le iban a invadir su territorio y autonomía. Finalmente, nombraron Jefe de Correos y Telégrafos a Ramón Arce, que era del Cuerpo Técnico, mientras que Ana María quedó como Segundo Jefe, al ser del Cuerpo de Gestión. Inicialmente, compartió su oficina con la Caja Postal, mientras ella siguió haciendo el trabajo habitual. También designaron a un compañero de Correos para que aprendiera el trabajo de Telégrafos, lo que le permitió poder ausentarse de la oficina un rato sin el problema tradicional del abandono de servicio.
Además descubrió que los de Correos eran gente muy animada y divertida, que por cualquier motivo organizaban un aperitivo rápidamente. La verdad es que a Ana María le costó mucho solicitar la jubilación anticipada, pues nunca se había encontrado tan a gusto trabajando y, además, sin el peso de toda responsabilidad.
El fIn de una época.
La oficina de Telégrafos de Barbastro desapareció físicamente el año 2000, cuando las instalaciones de Correos y Telégrafos de la Avda. Ejército Español se trasladaron a las de Beato Escrivá de Balaguer, ya que los celadores de Huesca desmontaron todo el material, pues, en lo sucesivo, solo se trabajaría con Internet.
Además, en los carteles de la nueva ubicación sólo aparece el nombre de Correos, por lo que mi madre le decía constantemente a Jesús Muzas, compañero de la Caja Postal: ¿Porqué no está el de Telégrafos en ningún sitio?, y Jesús, como buen amigo y compañero que era, nunca le quiso contar que Telégrafos, como ella lo había conocido, había desaparecido, y que el último telegrafista de Barbastro, Juan José Suelves, ya no transmitía ni en Morse ni en Gentex, tecleaba en un ordenador, evitándole de esta manera el dolor que hubiera sentido de haberlo sabido, como de alguna forma lo sentí yo cuando tuve la certeza de que el mundo romántico en el que había trabajado mi familia desde 1913, mi abuelo Alfonso, mi tío Fernando y mi madre, era ya historia.
Desde mi casa de Barbastro sigo viendo lo que fue la oficina de Telégrafos y la ventana desde la que nos controlaba mi madre, lo mismo que el último poste de Telégrafos que queda plantado en la Plaza de Aragón, erguido como el primer día, con un tramo de línea telegráfica que milagrosamente se ha salvado del desmantelamiento general, y pienso en mi madre y en tantos y tantos telegrafistas que pasaron lo mejor de su vida haciendo infinitas horas de guardia para proporcionar el servicio de comunicación más moderno y rápido que jamás habrían soñado los barbastrenses cuando en 1856 se abrió la oficina del nuevo Telégrafo Eléctrico.
