LA FERIA DE MALAGA 2009

JOSE MANUEL JIMENEZ GALLARDO
SOCIO NUM. 211
Voy bajando la calle de la Victoria. Hace algo más de dos horas que ha terminado la romería de coches de caballos y caballistas, que todos los años se vienen realizando como inicio a la feria de Agosto.
Partiendo desde el Ayuntamiento, la comitiva recorre una parte de la ciudad, para terminar en la Iglesia de la Victoria, donde homenajean a la patrona y celebran una misa. Es un espectáculo precioso. Trajes y caballos a la Andaluza. Carruajes de tiro adornados y mucha elegancia. Pienso que se puede realizar cada año, gracias a los muchos aficionados del resto de Andalucía, que vienen a pasear por Málaga con sus caballos y carros. El público asistente es tanto de Málaga como extranjero, bien del resto de España o del resto del mundo. En su mayoría, después del homenaje, se queda al primer día de la feria del centro.
Pues bien, como decía, voy bajando la calle de la Victoria, de pronto por la misma acera por donde voy, veo venir hacia mí, un joven con los brazos en alto, caminando en zigzag, gesticulando y hablando a gritos un galimatías. Precavido me preparo para eludirle, pero poco ante de llegar a mi, abandona la acera y se tira literalmente sobre un coche que pasa en mi mismo sentido, lo golpea repetidamente y le escupe mientras no deja de gritar. Seguidamente vuelve a la acera pero afortunadamente lo hace cuando yo ya lo he rebasado. Un problema que he eludido, menos mal. El conductor del coche, ni se para, rectifica la dirección y continua calle abajo. La calle está llena de gente, pero nadie hace la menor demostración de preocupación. Sigo bajando, estoy llegando a la famosa plaza de la Merced, donde siempre suele haber gente, pero para la feria se han montado una gran cantidad de casetas expendedoras de bebidas y comidas rápidas, que ponen altavoces a toda potencia reproduciendo cada una de ella una canción distinta.
Justo en la esquina, veo a una joven como de veinte años apoyada en la pared y vomitando. Otras más a su alrededor ríen y charlan, alguna se tambalea, pero la alegría es manifiesta, todas portan vasos de plástico medio vacío de cartojal, que es el vino de la feria. En la plaza, puede haber más de tres mil personas. Teniendo en cuenta que no es demasiado grande, el gentío está apretado. Lo que emana de ahí es un gran ruido, más ruido, mucho ruido y una mezcla de olor a potingue culinario y sudor humano. Solo puedo ver las primeras líneas y la vista es de feria. Todo el mundo con una cerveza o un vaso en la mano y mucha suciedad por todas partes. Esto no me interesa, así que sigo bajando rodeado de jóvenes que en su mayoría han salidos de la escuela que es la plaza. Van con cervezas en la mano, dando traspiés y hablando a grito, algunos llevan botellas medio llenas de cartojal o cerveza. Un poco más abajo, existe un pequeño jardín adosado a paredes antiguas que dan al museo Picasso. Allí, pegando a la pared, unas muchachitas han desplegado al máximo una caja de cartón y la utilizan como parapeto para orinar. Mientras que dos de ellas la sostienen, otra está detrás descargando la cerveza y el cartojal, pero la caja no cubre todo y el espectáculo es de feria (otro más). Me dan ganas de avisarlas, pero si lo hago es posible que me lleve algún problema.
Sigo caminando. Ahora llego a una parte de la calle que desemboca en el parque y que extrañamente se ha quedado casi vacía. Cinco chicos jóvenes van caminando delante de mí, hablando animadamente. De pronto uno de ellos se desplaza hacia el filo de la acera y le da una tremenda patada al espejo retrovisor de un coche aparcado en hilera. Este cruje y se parte. Voy a decirle algo, pero no quiero llevarme un puñetazo, hago ruido tosiendo para que vea que hay testigo de lo que ha hecho. Vuelve la cara, pero no dice nada, por el contrario vuelve a propinar otra patada al siguiente espejo retrovisor, este se resiste y repite hasta conseguir partirlo, los acompañantes ríen y animan al agresor. Seis espejos han pasado a mejor vida. Me ignoran (menos mal), se pegan a la pared haciendo un corro y uno de ellos saca papel de liar cigarrillos y algo que creo puede ser tabaco para hacer un porro. Ya estoy llegando a la plaza de la marina, allí suele haber policía, estoy dispuesto a complicarme la vida poniendo una denuncia, pero me he salvado, no hay policía por ninguna parte, solo gente, sudor y cerveza. He recorrido unos quinientos metros de las calles de Málaga, pero no te preocupes, esta ciudad tiene muchas más calles. Llego a calle Larios. La más famosa de Málaga. Aquí está el resto de los malagueños y extranjeros que quedan, o sea, diez mil personas más o menos, solo miro el contenido y ni me imagino entrar. Hoy es solamente el primer día de feria. Se me olvida decirte que la temperatura es de 31º Centígrados.
Para darle un punto de humor a esta historia, te comentaré que a la calle Larios, los de mi generación, la llamábamos la paja (masturbación) por que siempre ha tenido, y hoy sigue teniendo, solo tiendas de ropa y zapatos y sucursales bancarias, pues pasear por ella era y es muy aburrido. Solo caminar para arriba, para abajo, vuelta para arriba y para abajo, arriba y abajo, arriba y abajo y al final,……. una poca leche. Pues bien, en feria, además parece que haya venido el gobierno pues te dan por todas partes. ¡VIVA LA FERIA!
Pues bien, como decía, voy bajando la calle de la Victoria, de pronto por la misma acera por donde voy, veo venir hacia mí, un joven con los brazos en alto, caminando en zigzag, gesticulando y hablando a gritos un galimatías. Precavido me preparo para eludirle, pero poco ante de llegar a mi, abandona la acera y se tira literalmente sobre un coche que pasa en mi mismo sentido, lo golpea repetidamente y le escupe mientras no deja de gritar. Seguidamente vuelve a la acera pero afortunadamente lo hace cuando yo ya lo he rebasado. Un problema que he eludido, menos mal. El conductor del coche, ni se para, rectifica la dirección y continua calle abajo. La calle está llena de gente, pero nadie hace la menor demostración de preocupación. Sigo bajando, estoy llegando a la famosa plaza de la Merced, donde siempre suele haber gente, pero para la feria se han montado una gran cantidad de casetas expendedoras de bebidas y comidas rápidas, que ponen altavoces a toda potencia reproduciendo cada una de ella una canción distinta.
Justo en la esquina, veo a una joven como de veinte años apoyada en la pared y vomitando. Otras más a su alrededor ríen y charlan, alguna se tambalea, pero la alegría es manifiesta, todas portan vasos de plástico medio vacío de cartojal, que es el vino de la feria. En la plaza, puede haber más de tres mil personas. Teniendo en cuenta que no es demasiado grande, el gentío está apretado. Lo que emana de ahí es un gran ruido, más ruido, mucho ruido y una mezcla de olor a potingue culinario y sudor humano. Solo puedo ver las primeras líneas y la vista es de feria. Todo el mundo con una cerveza o un vaso en la mano y mucha suciedad por todas partes. Esto no me interesa, así que sigo bajando rodeado de jóvenes que en su mayoría han salidos de la escuela que es la plaza. Van con cervezas en la mano, dando traspiés y hablando a grito, algunos llevan botellas medio llenas de cartojal o cerveza. Un poco más abajo, existe un pequeño jardín adosado a paredes antiguas que dan al museo Picasso. Allí, pegando a la pared, unas muchachitas han desplegado al máximo una caja de cartón y la utilizan como parapeto para orinar. Mientras que dos de ellas la sostienen, otra está detrás descargando la cerveza y el cartojal, pero la caja no cubre todo y el espectáculo es de feria (otro más). Me dan ganas de avisarlas, pero si lo hago es posible que me lleve algún problema.
Sigo caminando. Ahora llego a una parte de la calle que desemboca en el parque y que extrañamente se ha quedado casi vacía. Cinco chicos jóvenes van caminando delante de mí, hablando animadamente. De pronto uno de ellos se desplaza hacia el filo de la acera y le da una tremenda patada al espejo retrovisor de un coche aparcado en hilera. Este cruje y se parte. Voy a decirle algo, pero no quiero llevarme un puñetazo, hago ruido tosiendo para que vea que hay testigo de lo que ha hecho. Vuelve la cara, pero no dice nada, por el contrario vuelve a propinar otra patada al siguiente espejo retrovisor, este se resiste y repite hasta conseguir partirlo, los acompañantes ríen y animan al agresor. Seis espejos han pasado a mejor vida. Me ignoran (menos mal), se pegan a la pared haciendo un corro y uno de ellos saca papel de liar cigarrillos y algo que creo puede ser tabaco para hacer un porro. Ya estoy llegando a la plaza de la marina, allí suele haber policía, estoy dispuesto a complicarme la vida poniendo una denuncia, pero me he salvado, no hay policía por ninguna parte, solo gente, sudor y cerveza. He recorrido unos quinientos metros de las calles de Málaga, pero no te preocupes, esta ciudad tiene muchas más calles. Llego a calle Larios. La más famosa de Málaga. Aquí está el resto de los malagueños y extranjeros que quedan, o sea, diez mil personas más o menos, solo miro el contenido y ni me imagino entrar. Hoy es solamente el primer día de feria. Se me olvida decirte que la temperatura es de 31º Centígrados.
Para darle un punto de humor a esta historia, te comentaré que a la calle Larios, los de mi generación, la llamábamos la paja (masturbación) por que siempre ha tenido, y hoy sigue teniendo, solo tiendas de ropa y zapatos y sucursales bancarias, pues pasear por ella era y es muy aburrido. Solo caminar para arriba, para abajo, vuelta para arriba y para abajo, arriba y abajo, arriba y abajo y al final,……. una poca leche.
Pues bien, en feria, además parece que haya venido el gobierno pues te dan por todas partes.
¡VIVA LA FERIA!
