Asociación de Amigos del Telégrafo de España

Me complace haceros llegar un relato descriptivo de la actividad del radiotelegrafista de un buque, enviado por Leonardo Ossa Castaño, de la ciudad de Medellín (Colombia) que trabajó por 23 años como Radioperador Aeronáutico para el Gobierno colombiano, ahora felizmente jubilado y quien confiesa haber mirado con cierta envidia nuestra web, por cuanto él no dispone de algo similar en su tierra.

Que lo disfrutéis.

Fernando

 

RADIOPERADOR

Se embarcó hace muchos años como oficial de radio en la marina mercante, ejerciendo sus labores con una pericia reconocida incluso, por capitanes de navío muy fustigadores de la soledad o el silencio que lo caracterizaba entre sus compañeros de viaje, en donde todos por instinto reclamaban una dosis de charla, para trivializar la monotonía del paisaje de alta mar y la convivencia en espacios comunes.

Una noche cualquiera zarpó en un buque de cincuenta metros de eslora, siguiendo rumbo oeste sobre el océano Pacifico desde un puerto en el norte de América.  Era de noche y el mar estaba inquieto. El buque se encumbraba con lentitud sobre montañas de agua, para luego caer con peligrosa inclinación y brusquedad en hondonadas profundas, crujiendo la nave entera en esta maniobra, que habría de repetirse hasta el final de la inminente tormenta.

Mirando por la escotilla desde la cabina de comunicaciones, hacia cubierta, nada era visible en el exterior por la obscuridad de la noche. Un relámpago fugaz e inesperado, le mostró la sublevación aterradora que batía el océano. Prefirió ante aquella imagen, refugiarse bajo los audífonos del radio-telégrafo, y ocuparse en escuchar según la norma la frecuencia de quinientos kilohercios destinada a emergencias.  La energía estática o las explosiones eléctricas de los relámpagos, se amplificaban ahora en sus oídos, tentándolo a  quitarse y lanzar bien lejos la necesaria herramienta. Sin embargo no lo hizo. Permaneció de manera consagrada a la escucha del desagradable ruido y aplazó el uso recreativo del telégrafo para otro tiempo.

La soledad y el silencio del radio-operador durante años de servicio, fue notado en cada viaje por la tripulación, al ver lo poquito que se demoraba en cubierta cuando salía para estirar sus piernas. Siempre mostró un sospechoso afán por retomar ligero su trabajo y por la parquedad con todo aquél que se topara.

Nadie a bordo lograba imaginar que bajo ése aparente ostracismo, lo que había era un inmenso privilegio para el oficial de radio, quien a diferencia de todos los demás tripulantes, era el único en aquella nave que poseía desde su habitáculo un contacto con el mundo exterior; para realizar desde allí tertulias con los operadores de numerosos puertos en tierra, tan propensos éstos a conversar, divertir y actualizar de toda noticia a quiénes viajaban allende el mar.

Salir entonces a cubierta producía en él un aislamiento y un garantizado tedio al conversar con quiénes nada nuevo podían aportar desde su encierro.

Ésa noche al cruzar el meridiano ciento cuarenta grados de longitud oeste, creyó escuchar una débil señal inconfundible para los radio-operadores: tres puntos, tres rayas, tres puntos, que traducen señal de auxilio S O S.  Dudó unos instantes, pues la señal se desvanecía. Aguzó el oído y volvió a escuchar el pedido de socorro. Se trataba de otro buque navegando más al norte, rumbo este, con una falla importante en su funcionamiento, que ponía en riesgo a ciento cuarenta y tres almas a bordo que padecían un tránsito marino igual de borrascoso. Pedían una mano amiga que los socorriese.  Nadie más parecía escucharlo. De inmediato, el radio-operador emitió un mensaje de respuesta y captó con precisión los datos necesarios para su ubicación geográfica. Se retransmitió seguidamente ese pedido por las múltiples frecuencias, y muy pronto la señal fue asentida por un buque ruso que se dirigía a San Francisco, concurriendo pronto, gracias a la cercanía, en auxilio de la menesterosa nave.

Aquel oficial de radio no hizo más que un procedimiento rutinario del oficio: plasmó escuetamente la novedad en el libro de señales o bitácora, y prosiguió su viaje escuchando luego una emisora comercial en onda corta, que emitía desde tierra música variada y buena compañía para todos los gustos.

El capitán nunca supo la labor cumplida por el subalterno, y jamás conoció la placa de agradecimiento que hasta el sol de hoy, sigue expuesta en uno de los muelles de San Francisco en los Estados Unidos; haciendo homenaje de reconocimiento a los radio-operadores de ambos buques bienhechores, que salvaron la vida de aquellos viajeros.

Las siguientes vacaciones semestrales para el capitán, fueron aprovechadas para solicitar discretamente a su compañía naviera, el cambio único en su tripulación del radio-operador apático del pasado viaje.

FIN