Asociación de Amigos del Telégrafo de España

Diario ABC de Madrid (1 de mayo de 1907)

 

ASUNTOS NACIONALES

Los telegrafistas


Análogas necesidades que en el Correos se sienten en nuestro servicio de Telégrafos; éste, como aquel, crece y prospera con positivo beneficio de la vida nacional. La época presente exige a todas las actividades una perentoriedad extraordinaria. La carta no basta para satisfacer las ansias del ajetreo moderno. Las órdenes del comercio, de la industria, de toda suerte de negocios, no puede aguardar a que las lleva bajo sobre el tren; piden el transporte vertiginoso del vuelo, y con los de la electricidad circulan por el país, acrecentando su poderío.

Da buena cuenta de lo que España ansía y agradece las reformas de telecomunicación el entusiasmo con que las provincias acogen el proyecto de telefonía nacional y el éxito felicísimo de los despachos comerciales, en los que la producción y el consumo encuentran eficaz recurso para su fecunda actividad.

Las transmisiones telegráficas y telefónicas aumentan de manera prodigiosa; pero no crecen con la misma proporción los medios para realizarlas. El manantial es cada vez mayor; pero como los cauces no se ensanchan, las aguas se desbordan y son los telegrafistas quienes padecen las consecuencias de las inundaciones; los telegrafistas, que no constituyen legión, ni mucho menos, aunque si bien se mira dado el número de hojas que pasan por los atriles de los aparatos y el de los telegramas que se reciben, debieran, en efecto, formar numeroso ejército cuantos se esfuerzan para que en la vida humana se borren las distancias.

Los telegrafistas facultativos son hoy en España 2.633, y para que el servicio se cumpliera con holgura serían precisos mil más. No se crea que si el personal es escaso y no está bien retribuido la justicia que abandonó a los hombres se ha inclinado a favorecer las cosas, es decir, el material, lo que tanto importa en el telégrafo y el teléfono. No es así; las líneas han mejora mucho, pero se padecen todavía escaseces y deficiencias, de que hablaré en otra ocasión, ya que en la presente solo de los telegrafistas y sus auxiliares he de tratar. De la escasez en el personal da cuenta el detalle de que están construidas y sin funcionar por falta de Oficiales bastantes estaciones; los representantes de los distritos piden que en los suyos hayan los necesario telégrafos, y los más han de quedarse con las ganas, pues si el alambre está por las nubes, que es demasiada altura, los telegrafistas que andan por la tierra de España son bastantes menos de los que se necesitan.

El Cuerpo facultativo de Telégrafos se compone de 2.633 funcionarios como quedó dicho. Apartemos al Inspector General, a los cinco Inspectores, los 15 Jefes de Centro, los 30 de Sección, que cobran sueldos considerables cuando ya llevan mucho tiempo de peinar canas, y digamos en seguida, probándolo con números, que los demás reciben remuneraciones tan mezquinas como las consagradas al elemento postal.

Se convocan oposiciones para Telégrafos y se pide a la juventud que a ellas acuda mucha ciencia; han de adquirir los aspirantes caudal copioso de Matemáticas, de Física, de Química, para luego percibir mensualmente veintidós duros y medio los Oficiales quintos que forman en la escala y 29 duros los 785 Oficiales cuartos. Lo más florido de la juventud se invierte en esas categorías cuarta y quinta, tras de las cuales están otros que tampoco pueden satisfacer las necesidades de un hogar moderno. Quedamos, pues, en que el servicio de Telégrafos español se hace con 206 Jefes y 2.427 Oficiales, a los cuales auxilian 24 mecánicos, 681 empleados femeninos y 116 funcionarios de Contabilidad. Los Auxiliares femeninos y de Contabilidad tienen sueldos miserables de 1.000 y 1.250 pesetas. En la escala de Contabilidad se asciende con suma lentitud; algunos de los que en ella envejecen pueden disfrutar al fin de la vida 4.000 pesetas al año, con el implacable descuento que marca la ley. Así se explica que buena parte del personal auxiliar, que debía estar en las estaciones limitadas, donde se necesita para cubrir puestos secundarios, lucha siempre con el fin de permanecer en las grandes ciudades, con notorio daño para la buena marcha del servicio.

Y es natural que así suceda; cuando el sueldo es ruin se toma, no por pago de una obligación, sino como complemento de otros ingresos, y lo mal pagado, a la postre queda mal servido, sin la afección y la quietud que inspiran, cuando se gozan, las cumplidas satisfacciones.

Es aniquilador el esfuerzo de cuantos al pie de los aparatos envían y reciben las palabras que de un lado a otro corren por los conductores. El aparato no duerme, no descansa; esclaviza a su servidor, se apodera de sus nervios, le sujeta con tiranía brutal, le obliga a que olvide cuanto pueda ligarle a la vida, y solo le concede reposo después de noches o días enteros transcurridos en continua atención al lado del duro banco de las galeras eléctricas, en las que son como remos los manipuladores del Morse o los tecleos del Hughes.

Un ejemplo, para probar bien lo intenso del trabajo de los telegrafistas.

El ejemplo nos lo proporciona la Central de Madrid, donde el servicio está distribuido en cuatro turnos: uno, de ocho de la mañana a dos de la tarde; otro de dos de la tarde a ocho de la noche, y otros dos, de ocho de la noche a ocho de la mañana, servidos en dos grupos de días pares y de días impares. Hace tres años los Oficiales de guardia empezaban a retirarse a las diez de la noche y rara vez quedaban en la sala más de seis u ocho al sonar las tres de la madrugada. Actualmente todo el turno se retira a las siete de la mañana, porque precisamente en la madrugada es cuando se intensifica el servicio, que ha crecido prodigiosamente. En el primer trimestre de 1915 el número de transmisiones en Madrid pasó a 23.000 diarias. En el cuatrimestre primero de este año la cifra ha pasado de 27.000. En Madrid, dentro de la sala de aparatos, hay en las veinticuatro horas del día 285 funcionarios y faltan 166, porque los precisos serían 451. Así están nuestros telegrafistas.

El servicio no produce dinero al Estado; pero en cambio le proporciona otros grandes beneficios.

El telégrafo, como el teléfono, es el medio mas eficaz del Gobierno. El ministro en su despacho percibe todas las palpitaciones de la nación, y puede asegurarse que no hay momento en todos los que componen la totalidad del Tiempo en que no existan muchas comunicaciones oficiales mediante el telégrafo. Los gobernadores civiles lo emplean de continuo, como es natural. Todas las dependencias lo utilizan.

El Correo le usa, como es lógico, para completar servicios suyos, tales como el giro, y además la Prensa, el comercio, la industria, se valen de él mediante precios ínfimos, que deben ser así de humildes, porque esta humildad hace grandes a la cultura y a la producción española.

Si el Telégrafo tasase sus servicios gratuitos proporcionaría grandes provechos materiales a la patria. Pero sin ellos devuelve con creces el dinero en él invertido, porque ayuda a crear riqueza, y se le debe mayor auxilio, porque no está bien que se diga a unos cuantos millares de hombres que estudien para convertirse en víctimas irredimibles del empleo que apetecieron para sostener su vida.

J. FRANCOS RODRIGUEZ (*)
Director general de Comunicaciones

Diario "El Imparcial" de Madrid (10 de noviembre de 1916)

 

(*) Periodista bajo el pseudónimo de "Juan Palomo", Directror del "Heraldo de Madrid", "La Justicia" y "El Globo", Alcalde de Madrid en dos ocasiones, Gobernador Civil de Barcelona, Director general de Correos y Telégrafos, Ministro de Instrucción Pública y de Gracia y Justicia, prolífico escritor de obras de medicina, teatro, literatura, ensayos, política, académico de la Española, y Presidente de la Asociación de la Prensa, cargo que ostentaba cuando falleció.