Asociación de Amigos del Telégrafo de España

 

Discurría el autocar por la sinuosa comarcal 1101, entre tierras ásperas y páramos agrestes, cuando, al llegar a la última curva, en su interior un tarareo tomaba fuerza:

“Ya se ve Sigüenza, ya, ya, ya se ve.

Se ve el castillo y la catedral.

Se ve la alameda y se ve el pinar.”

Y, efectivamente, allá abajo, en el valle que forma el Henares entre las sierras de Pela y la Muela, surgió la medieval Sigüenza que nos habíamos propuesto visitar aquel 27 de Septiembre con los Amigos del Telégrafo.

 

Allí nos esperaban toda una corte, no compuesta precisamente de reyes y nobles, sino de canónigos y obispos. Qué curioso ¿verdad?

A decir más exactamente aquello era toda una conferencia episcopal milenaria, nombrada a lo largo del tiempo, desde el S. XII hasta el S. XIX, tiempo de la historia de la ciudad que estuvo estrechamente ligada a los obispos que la gobernaron.

De la larga lista de personalidades episcopales nombraré sólo a algunos: Bernardo de Agén , el primero; Juan Diaz de la Guerra, “ el obispo albañil”; Don Cerebruno, llamado así por su cabeza bien amueblada; y ¡cómo no! D. Pedro González de Mendoza , el Cardenal Mendoza con sus “dos lindos pecados” como así llamaba la reina Isabel a sus dos hijos con Doña Mencía .Y podría seguir con la interminable lista de obispos como así lo atestigua la bella azulejería instalada en las calles de las travesañas judías, del ensanche barroco, o de la ciudad ilustrada.

En la Alameda de los Pobres, del obispo Bejarano, también nos esperaba cariñosamente la familia Delgado Taberner, seguntinos de pro, que, aunque aún no están en la historia del pueblo, no dudo que algún día lo estarán, porque llevan el cuño de Sigüenza en sus venas.

Pero la historia de Sigüenza no fue siempre así, un Señorío Eclesiástico en las tierras de Castilla. La celtíbera Segontia (“la que domina el valle”) fue elegida por Aníbal para entrenar sus fuerzas antes de enfrentarse a los romanos. Y los valientes arévacos, también probaron su valor a la rendición, que nunca se produjo, ante los romanos años más tarde, al estilo de Numancia.

Después de los cartagineses y los romanos, llegaros los visigodos y los árabes y Sigüenza fue adquiriendo importancia estratégica sobre la calzada del Henares y la ciudad creció hacia arriba, por la ladera del cerro,  buscando el amparo del castillo. De ahí sus calles empinadas y sus puertas de entrada y salida de las murallas: la puerta Nueva, la puerta del Sol, la puerta del Toril y el portal Mayor.

Sigüenza se fue llenando de templos y palacios, de plazas y jardines y su belleza urbanística fue creciendo sin cesar, y lo más importante es que se conserva intacta hoy en día a pesar de la crisis.

La silueta dominante de Sigüenza es sin duda el castillo. Su emplazamiento al borde del barranco del Vadillo se remonta a la época celtíbera y su utilización fue ganando en fortaleza y gallardía para convertirse en residencia de obispos y señores, y en nuestros días, en lujoso parador.

La gran alcazaba tiene de todo: torreones, patios, puentes levadizos, barbacanas y matacanes e incluso su propio fantasma. La figura de la bella Doña Blanca de Borbón, repudiada y víctima de las intrigas reales, de las bastardías y venganzas de su tiempo, dicen que vaga, desde entonces, por los salones del castillo.

Calle Mayor abajo nos topamos con la portada de la Iglesia de San Vicente, románica del S. XII, erigida en honor del patrón de Sigüenza, con arquivoltas ricamente decoradas y en el tímpano una virgen gótica. Su interior está en restauración.

Muy cerca, en una recoleta plaza cercada por edificios de corte gótico-civil está la Casa del Doncel de fachada cuajada de escudos y rematada por almenas en donde vivió algunos años de su vida Martín Vázquez de Arce. Su sala mudéjar y otras dependencias son hoy aulas de enseñanza y museo.

La Iglesia de Santiago, a pesar del abandono de muchos años y de los avatares de la guerra civil, ofrece a la calle Mayor su magnífica portada de estilo tardo-románico, con un medallón renacentista en su tímpano del apóstol Santiago. Su interior, en plena restauración, contiene el Centro de Interpretación del Románico Alcarreño.

Aunque la conquista de Sigüenza por los cristianos se produce a principios del S. XI la repoblación del territorio no se consolida hasta bien entrado el S. XIII, por ello las humildes iglesias parroquiales que se levantan por toda la zona, responden a un estilo románico en su postrimería apuntando ya rasgos del inminente gótico. La Iglesia de Santiago es una muestra de ello.

En cierta ocasión fuimos al románico palentino, ahora habrá que plantearse recorrer estas tierras de la Alcarria, sus pueblos, Atienza, Campisábalos, Villacadima, Yela, Brihuega, Tamajón, Carabias, Cubillas del Pinar y tantos y tantos, que guardan como tesoro del pasado su pequeña iglesia rural. Lo difícil será encontrar la persona que tiene la llave para que abra ese cofre al amante del románico.

El tercer vértice de este sagrado triángulo románico es la imponente Catedral de Sigüenza que no disimula las necesidades defensivas que tenía la ciudad allá por el S.XV, cuando se le añaden las dos grades torres almenadas, expresión de un pasado bélico y de luchas entre moros y cristianos. “Su fachada parece más un castillo que una iglesia” dice el folleto del canónigo-archivero. Y es cierto.

Su construcción se inicia en el S.XII y no concluye hasta pasado el S. XVI, de ahí que en su interior, de planta de cruz latina con tres naves, crucero y amplia girola, coexistan multitud de estilos: Rosetón románico, claustro gótico, retablo de Santa Librada plateresco, Sacristía de “las cabezas” renacentista donde, además, se exhibe con orgullo una “Anunciación “ original del Greco.

Pero el centro de toda la atención de la Catedral está en el sepulcro del Doncel, joven guerrero que muere en la Acequia Gorda de la vega de Granada. Su familia esculpe en alabastro el recuerdo de aquel joven de 25 años y lo quieren recordar no como valiente guerrero, sino como aplicado lector, tampoco como heroico caballero, sino como humilde doncel de belleza inmutable y tal deseo, el anónimo escultor lo convierte en una obra maestra del arte funerario donde la muerte se recuesta serenamente mientras el pajecillo a los pies, la mira y llora.

La arquitectura sacra no cierra el capítulo de seis siglos de ciudad mitrada. La obra civil, permanece intacta y nos sorprende en cada esquina. Si antes hablé de las puertas de las murallas ahora tocan las plazas: Plazuela de la Cárcel, Plazuela de las Ocho Esquinas, Plazuela de las tres Cruces, Plaza del Obispo Bernardo y sobre todas, la Plaza Mayor.

Fue el Cardenal Mendoza quien mandó construir esta bonita plaza porticada, de estilo renacentista, rodeada de casas para el cabildo y los deanes de la catedral, pero especialmente para una utilización popular en la que se alternaban mercaderes, juglares y toreros.

También fue el Cardenal Mendoza quien fundó la Universidad en el palacio que hoy es sede del Obispo y Seminario y que es el origen de esa otra Sigüenza ilustrada que transcurre por el barrio barroco.

¿Pero cuál era y dónde estaba la fuente de la que manaba tanto desarrollo y esplendor?

Es una buena pregunta porque a Sigüenza, aparte de la belleza innata del paraje en que se asienta, ni entonces, ni ahora se le reconoce actividad agraria, ganadera o industrial que permitiera la obtención de ingresos o rentas que financiaran el próspero devenir de aquella lejana Segontia.

A 400 Km. de la costa mediterránea, a 1.000 m. por encima del nivel del mar y a tan sólo 16 Km. de Sigüenza se encuentra la respuesta, sorprendente y verificable: la sal de Imon. Las salinas de Imon, descubiertas allá por el S. X, hoy son unas ruinas olvidadas en la sierra de la Pela junto al río Salado . Alfonso VI cedió a los obispos de Sigüenza el derecho de explotación de las salinas más importantes que hayan existido en terreno peninsular.

Ahora todo se explica mucho mejor, incluso se entiende por que cuando en 1482 el Cardenal Mendoza fue nombrado Primado de Toledo, renunció a todos sus cargos excepto el de Obispo de Sigüenza.

Aquella sal de Imon transformó la vida y la hacienda de los seguntinos que sin proponérselo estaban construyendo para la Sigüenza de hoy ese otro venero de rentas que es el turismo. Mas Sigüenza no se agota en el magnífico patrimonio cultural que ofrece al visitante, y no conforme con la seducción de sus piedras de arenisca rosada, Sigüenza atrapa al que llega con ese otro patrimonio inmaterial, (si al cabrito asado se le puede llamar inmaterial), que le repone y conforta. José Luis Samper, nuestro delegado en Guadalajara, fue el encargado de esta faceta de la visita y ¡vive Dios! que lo hizo a la perfección. Después vinieron los brindis, los kdos,y los deseos de volvernos a reunir pronto.

Pero había otro deseo que cumplir aún. Al otro lado del barranco del Vadillo, frente al Castillo, en el cementerio escondido entre pinares, los Amigos del Telégrafo, tienen un patrimonio material, inmaterial, espiritual, llámale como quieras, sólo sé que es autentico patrimonio del sentir telegrafista, del recuerdo imborrable de un buen compañero que allí descansa, Rafael Delgado Dorrego.

Tras dejar un puñado de rosas y una oración junto a la lápida, el Camino Bajo del Cementerio nos llevó a la Iglesia de Nuestra Sra. de los Huertos, donde un ¡Ave Maria Purísima! hace girar el torno y te encuentras sobre su tosca madera con unas trufas divinas o un bizcocho “Santa Clara”.

Cae la tarde, el autocar remonta la cuesta de la sierra y al llegar a la curva de la canción, vuelvo la vista a atrás y ya no veo Sigüenza. Se ha perdido con el Henares, que entre el río Dulce y el río Salado, va camino del Tajo. También caen sobre el parabrisas gruesas gotas de agua. El melancólico otoño recién estrenado, a pesar de los augurios, se había portado bien respetando otra excelente jornada de los Amigos del Telégrafo.

Martín Prieto Rivera